domingo, 7 de noviembre de 2010

Ley de Educación Superior - El Debate Político

La ley de educación superior (LES) sancionada por el menemismo en 1995, de concepción neoliberal. Principalmente, no garantiza que la universidad se ponga al servicio del desarrollo nacional, del lado del pueblo que la financia. Más bien, la pregunta parece ser: ¿Ley de educación superior o política nacional educativa?

Desde Febrero de este año entro el debate por la modificación de la LES que encuentra, en la universidad pública y en forma esquemática, tres posicionamientos acerca de su necesidad y alcance potencial:


Por un lado, está la corriente política que llamaremos del Reformismo Conservador, hija del alfonsinismo y de la transición democrática de 1983. Cuenta con fuerte anclaje en los claustros docentes (Unión Cívica Radical, Partido Socialista, etc.), de graduados y de estudiantiles (Franja Morada, Movimiento Nacional Reformista, etc). El origen histórico e ideológico de esta corriente, pese sus menciones al año 1918, se remonta a la reivindicación del proyecto educativo de la dictadura de Pedro Eugenio Aramburu, la fusiladota que derrocó a Juan Perón en 1955. En ese entonces se sancionó el gobierno tripartito, excluyente de las mayorías populares a las que proscribía del sistema de partidos y expulsó masivamente de las universidades. Su modelo cultural reposa en la reproducción del canon “cientificista” generado por autores europeos y norteamericanos. Esas corrientes políticas y culturales quieren cambiar la LES con el objetivo “simbólico” de terminar con el “neoliberalismo” que según creen buscó coartar la autonomía y la gratuidad de la universidad. Su proyecto de ley en definitiva intenta que ni el Estado ni la sociedad intervengan en la política universitaria. Solamente deben financiarla. Su justificación teórica es resguardar a la “ciencia autónoma” de la irracionalidad de las mayorías expresada en organizaciones económicas y políticas o en el sistema de partidos. Gobierno tripartito, gratuidad y autonomía son sus lemas de campaña para la nueva ley.



Por otro lado, se ubica la corriente política y cultural universitaria que denominaremos y siguiendo una palabra de Arturo Jauretche, como Reformismo Mitromarxista. Dicha corriente política y cultural tiene un escaso desarrollo entre los docentes y los graduados y cuenta con una organización estudiantil de mayor envergadura relativa en algunas universidades (especialmente Maoísta: La Corriente  CEPA - o Trotskista: MST, PTS, P.O.). El origen histórico de esta corriente universitaria es la reivindicación de la fraseología de la reforma del año 1918 y de algunas corrientes políticas de izquierda de los sesenta y a partir de aquí, que hacen hincapié en el rol transformador de la juventud en la sociedad. Su propuesta se basa en derogar la LES “para terminar con el neoliberalismo” y mantener la autonomía de la cual y a diferencia del reformismo conservador, no creen, ya que ni en Rusia, ni en Cuba, ni menos aún en China, no existió, ni existe, ni existirá nada que se le parezca. Su modelo cultural se basa en la reproducción de las teóricas e interpretaciones de un conjunto de autores europeos y en algunos casos y excepcionalmente, asiáticos. A diferencia del reformismo conservador, la autonomía es vista como una táctica y no como una estrategia: hay que sostenerla para preparar las condiciones objetivas para la toma del poder obrero y la sanción del decreto que inaugure el socialismo. Son enemigas del Estado y de la democracia de partidos siempre que no ganen las elecciones, a partir de lo cual, y ya que nunca triunfaron en una votación en la historia, sostienen a rajatabla el funcionamiento de la universidad corporativa distante del medio que la rodea. Democratización, gratuidad y autonomía son sus lemas para la nueva LES.


Ambas corrientes quieren derogar la LES y sancionar otra que coarte toda posibilidad de injerencia posible dentro de la universidad, tanto del gobierno del Estado elegido por la democracia de partidos, como de la sociedad en general. Pese a que desarrollan distintas justificaciones doctrinarias, ambas tienen una concepción negativa y liberal para la nueva LES, que tiene como objetivo garantizar que en las universidadesno cambie nada para mantener sus lugares de privilegio. Ambas son profundamente elitistas y enemigas de las decisiones de las mayorías: una en nombre de la vanguardia científica y la otra, bajo la consigna de lavanguardia política. Se autodenominan las únicas y legítimas directoras de la planificación de la política y del uso del gasto educativo. A partir de aquí, sus consignas para otra LES son vagas y generalistas:autonomía, democratización, gobierno tripartito o gratuidad. Estas corrientes involucran los anhelos del 3,5% de los universitarios que se preocupan por seguir conduciendo la universidad, sin importar la opinión de la democracia de masas y las organizaciones libres del pueblo.


Finalmente, existe una tercera corriente que vamos a llamar Nacional y Popular que nació en el año 1918 y que se expresó dentro del proyecto universitario (que inclucyó las leyes 13.031/47; 14.297/54 y 20.654/74) de los gobiernos de Juan Domingo Perón. Dicha corriente tiene un desarrollo escaso entre los docentes y graduados y cuenta con un crecimiento significativo en el claustro estudiantil. Su modelo cultural se basa en el reconocimiento de la existencia de un pensamiento nacional y latinoamericano, cristalizado en la obra de intelectuales y de políticos de nuestro continente. Esta corriente se plantea que es importante cambiar la LES, pero que en particular hay que desarrollar una política educativa desde la acción del Estado y a partir de la voluntad popular y las organizaciones libres del pueblo. Dentro de las propuestas para la nueva LES, esta corriente propone mecanismos que permitan a la universidad contribuir a resolver las demandas económicas, sociales y culturales del país. El debate de la “democratización” entre docentes o estudiantes deja lugar a otro, que incluye la posibilidad o no de que la investigación, la extensión y la enseñanza sean instrumentos para acompañar el desarrollo nacional y la emancipación del hombre argentino. La corriente nacional y popular no sólo le pide al Estado que financie la universidad, sino que además le exige a esta última que cumpla con su deber de acompañar el desarrollo nacional y regional a través de diferentes mecanismos. Por ejemplo, haciendo un gasto estratégico de su presupuesto; a partir de la promoción de carreras y planes de estudio prioritarios para cada región; a partir del planeamiento de investigaciones con pertinencia social y productiva; a través del fomento de las carreras ligadas a la industrialización; mediante la promoción de intelectuales defensores del patrimonio nacional; permitiendo el ingreso de la voz de la sociedad y el Estado en la universidad a partir de Consejos Sociales y la participación directa de estos en el gobierno de las facultades. Esta corriente, entre otras cuestiones, propone un servicio social obligatorio y federal para estudiantes y la obligatoriedad de que los docentes con dedicación exclusiva otorguen asesoramiento gratuito a la sociedad que los financia.




Para esta corriente Nacional y Popular, la sanción de una LES es solo un aporte parcial al debate universitario, ya que sólo una política de planificación universitaria que nazca desde el Estado y a través de la acción de las organizaciones libres del pueblo hará posible articular las necesidades sociales y económicas con la producción científica y técnica. A la corriente nacional y popular, y para hacerle un tributo a su historia, le cabe la pesada responsabilidad de vincular la educación superior con el desarrollo nacional, una tercera posición entre las concepciones que de derecha a izquierda atan la universidad a la madeja del neocolonialismo. Nuestro objetivo es dar solución al diagnostico de Juan José Hernández Arregui, que concluía: “la historia de la universidad es la historia de nuestra oligarquía. Con breves intervalos, esa oligarquía durante una centuria logró consolidar e imponer a la Nación su despotismo más o menos ilustrado. Esa universidad, sin ritmo, ni estilo peculiar, fue el medio más sutil del predominio espiritual del coloniaje”. El desafío es grande, pero el deber es impostergable: como dijo Amílcar Herrera “para los científicos del Tercer Mundo, la aplicación de la ciencia a la superación del subdesarrollo representa uno de los desafíos morales e intelectuales más grande de la historia”.



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